La última película de Rovira y Elejalde se asoma al tabú de la marihuana medicinal

La historia de superación que nos cuenta la película 100 metros deja un guiño a la marihuana como herramienta para el concepto lúdico pero también curativo de un afectado por esclerosis múltiple que decide hacer un Ironman

Cartel 100 metros

El efecto Kuleshov es una de las herramientas más poderosas del lenguaje cinematográfico. Esta fórmula básica del montaje, utilizada desde el origen de la disciplina, genera una semántica entre las imágenes. Así, si tras una sonrisa afable interpretada por un anciano aparece una madre jugando con su bebé, entendemos que el señor es un enternecedor viejecito; sin embargo, si tras el plano de la sonrisa del mismo hombre aparece una joven en bikini poniéndose protector solar, pensamos que es un degenerado. Es así de sencillo, así de efectivo y así de potente. Entonces, ¿qué puede suceder si ese efecto tiene como imagen entrelazada a la marihuana medicinal en mitad de una historia de sufrimiento físico y superación tan grande como la que aborda la recién estrenada 100 metros?

Este viernes llega a los cines de toda España la nueva película de Marcel Barrera, el director del magnífico documental Món petit (2012). Interpretada por Dani Rovira, Karra Elejalde y Alexandra Jiménez, 100 metros ficciona la increíble historia de Ramón Arroyo, un padre de familia treintañero que se topa con una realidad inabarcable: tiene esclerosis múltiple. De la noche a la mañana, es un caso crónico, sabe que su movilidad se irá viendo reducida –no andará ni los dichosos 100 metros- y que cuanto haga tendrá como respuesta una enfermedad degenerativa. Sin embargo, Ramón contradice los preceptos y, apoyado por su mujer y su suegro, acaba enrolándose en el mundo del triatlón primero, para más tarde completar un Ironman: 3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie en una sola prueba, sin descanso.

estreno-100-metros

La historia de Arroyo es la de un héroe cotidiano y los ingredientes de 100 metros son excelentes desde su guión para un público ávido de historias honestas, próximas en sus detalles y profundamente enriquecedoras. Todos esos valores tienen una baza innegable en la química de Rovira y Elejalde que reeditan y elevan su idilio interpretativo de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014). Precisamente fue en el rodaje de Ocho apellidos catalanes, tal y como descubría a Nekwo el actor malagueño, cuando Elejalde le habló del proyecto: “en Filmax pensaron que debía estar haciendo ‘cosas más importantes”, pero en cine qué hay más importante que hacer un proyecto como este”. La dupla se reeditaba, aunque con el handicap sobradamente salvado de que para Rovira este sería su primer papel dramático. Elejalde, su suegro, el cascarrabias al que su mujer se le había muerto y que acaba ejerciendo de entrenador personal y clave para que el protagonista alcance sus inimaginables metas.

“En Filmax pensaron que debía estar haciendo ‘cosas más importantes’ que esta película”
Dani Rovira

 

No obstante, no fue la única aportación de Elejalde al film. Como él mismo detalla a Nekwo en la extensa entrevista realizada durante el preestreno de la película, decidió meter mano en uno de los aspectos más interesantes del metraje: la aparición de la marihuana en su personaje.

El empeño de Elejalde por dar esta visibilidad a la marihuana en la película va generando una serie de mensajes internos totalmente revolucionarios para el cine comercial. A la película, que se le supone tendrá una de las taquillas más importantes del año para el cine español, se le cargan los mensajes a base de kuleshovs con las escenas en las que Rovira y Elejalde tienen distintas situaciones (y sensaciones) con la marihuana. Comparten “un churro”, como habitualmente Elejalde le llama al cigarro que se fuma. Con normalidad, “como un hombre” dice en la película, el personaje de Elejalde la fuma en pipa, pero sobre todo la cultiva. Ese cultivo y esos momentos de relajación entre los personajes, son también momentos balsámicos para la gran gesta que está a punto de cumplir Ramón.

Esa vis es una de las más impactantes de la película que, como Elejalde deja entrever en sus declaraciones, tiene habitualmente problemas a la hora de enfrentarse a la comunicación de cualquier propiedad de sus productos. Y no es por el caso de la marihuana medicinal que hasta con nombre y apellidos se menciona en la película (“CBD Caramelice”), sino más bien por la presión que desde las grandes empresas farmaceúticas se hace sobre los medios de comunicación para que esta vía de agua no se abra. Una vía de información que en la película encuentra una arma poderosa, masiva y que tiene dos públicos tanto o más interesantes: de un lado el público afectado por enfermedades con problemáticas similares; de otro, el público general que, de repente, verá hilvanada la posibilidad de paliar aspectos como las inflamaciones en el cerebro y columna vertebral, la eplasticidad, el dolor o la depresión con el consumo.

De todo ello ya se publicó un avance en Nekwo, en el que ya se hablaba de cómo estudios realizados en Reino Unido y Estados Unidos han demostrado que la marihuana medicinal puede controlar también este dolor asociado a la enfermedad. La mayoría de los casos analizados admitían que el dolor disminuía tras consumir esta planta. Más populares son los estudios que aseguran –no sin debate en la comunidad científica, con posiciones favorables y encontradas- que tanto el THC como el CBD tienen efectos antidepresivos.

Efectos con nombre y apellidos

En el sentido más puramente cinematográfico, la marihuana medicinal pasa a entrar en el entendimiento social que podríamos definir como ‘el beneficio de la duda’. El efecto de la película sobre el público dejará clara esa idea más vinculada a la licencia de humor, motivo al que Rovira cargaba buena parte del peso de la marihuana en el film. Sin embargo, como más bien apuntaba Elejalde, la actividad de Manolo, que tras perder a su mujer tiene una reacción por la cual cultiva y reparte en su entorno la marihuana medicinal, sin cobrar nunca y como una ayuda a las personas que tienen algún tipo de dolencia, abrirá esa posibilidad al público. Una incursión en el cine de más audiencia que huelga esperar cómo puede sentar dentro de las industrias químicas y los fabricantes de medicamentos convencionales que, por otro lado, también han participado de la producción del film.

El montaje, que según declaraba Jiménez a Nekwo ha dejado fuera del montaje el momento en el que su personaje (Inma) también fuma esta planta, no esconde el nombre concreto del tipo de planta que Elejalde cultiva: CBD Caramelice. Positronics, distribuidor de estas semillas e instigador de la aparición en la película con Elejalde como compinche necesario, destaca en la web de venta de las semillas las diferencias de este modelo frente al Caramelice : “la prole de CBD+ Caramelice contiene niveles iguales o superiores al 4% de CBD en su composición química”. Las plantas crearán “individuos con ratios 1:1 o incluso individuos con ratio 1:2”. Genera, “en definitiva, toda una gama de efectos físicos, más livianos y medicinales dependiendo de la composición de quimiotipos de cada individuo cultivado”.

¿Pero qué es el CBD? ¿De qué se trata exactamente? Bien, lo que sabemos del CBD es que es una propiedad de la planta muy distinta al más popular THC. Este cannabidiol ha sido utilizado por pacientes con epilepsia, esquizofrenia, desórdenes de ansiedad y esclerosis múltiple. ¿Por qué? Bueno, en gran medida provoca un efecto sedativo en la mayoría de los casos e inhibe la transmisión de señales nerviosas asociadas al dolor. Por ese motivo, en 2005 llegó hasta el consumo convencional el aerosol bucal Sativex. Esta realidad contrastada entre pacientes de todo el mundo es básica para entender las aportaciones al guión de la marihuana medicinal en 100 metros. Más allá del espacio lúdico, por cierto muy próximo al de la relación que se generaba entre los protagonistas de la película francesa Intocable, es este efecto el que se apropia de argumentos en el film.

En España ya se comercializan aceites ricos en CBD y se consumen como tratamiento natural para paliar el dolor que generan algunas enfermedades, como la esclerosis múltiple. En España, el Observatorio Español en Madrid trata de fomentar el uso del cannabis medicinal para que se democratice y normalice, mientras que a nivel internacional existen entidades benéficas como Fundación Daya en Chile reclamando este mismo objetivo.

La ficción: ¿caballo de Troya para el debate o autoengaño?

Tal y como Nekwo ha podido confirmar, la película no iba a tener la menor referencia al cannabis. La razón es bien sencilla: no existe relación entre la historia real de Arroyo y estos tratamientos. El mismo Elejalde en su entrevista confirmón que, como consumidor habitual y activista, conocedor también de las aplicaciones médicas ya citadas, podía fomentar un product placement que según todas las fuentes ha sido un tabú comercial hasta la fecha. Así, el banco de semillas Positronics y la distribuidora de material para horticultura Hortitec pasaron a formar parte de la producción. La realidad de este añadido al guión original puede desbaratar un debate que, más allá de la aportación económica a la película, es lo que trataban de generar los implicados. La idea era y sigue siendo la de abordar “un problema legal y social en España”. La realidad, como puede asegurar Nekwo a partir de su trabajo constante en la información próxima al cannabis, es que existe un mercado negro de marihuana medicinal.

Algo más preocupante –y preocupado parece el propio Elejalde con la imagen- tiene que ver con una escena en la que su personaje da una bolsita con cierto aire de trapicheo. Más allá de lo convenido, la presencia del aspecto lúdico y esta escena combaten precisamente lo que muchas otras escenas aportaban y se quedaron fuera del montaje. Lo relevante de todo ello es que, más allá de la componente lúdica, la película si deja cruzarse con kuleshovs en los que el tratamiento canónico convierte a los pacientes en “muertos vivientes”, drogados y sin motivos para luchar. Entre esa lucha interna por cuestionarse a la medicina convencional y la fuerza de voluntad surge la alternativa, el salvoconducto a las situaciones de arroyo que ofrece el cannabis medicinal.

La idea de los kuleshovs sobrevenidos por el guión está ahí. El arte del montaje influyente, del que cómo 100 metros, una película con un gigantesco mensaje de superación puede “normalizar” el uso de la marihuana medicinal entre según qué pacientes de según qué enfermedades. El último entrecomillado es de Elejalde, algo más que consumidor; pieza clave para que la producción del film se haya lanzado a resolver el tabú de la medicina convencional con esta alternativa completamente accesible.

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