La Mar de Músicas desplegó sus mil y un sonidos

Rubén Blades, Gregory Porter, Salvador Sobral o Alba Molina lucieron la semana pasada en el festival de La mar de Músicas que acoge Cartagena desde hace 24 años

 

 

Esta vida pide otra, que decían los maños Tachenko. Al menos mientras alguien no patente el teletransporte o el desdoble de almas. Apenas anda uno recuperándose de un festival, enseguida lo empalma con otro del que apenas puede degustar menos de la mitad de su programación, porque su semana de conciertos se ensarta con precisión en nuestro saturadísimo calendario entre dos fines de semana que sustancian dos de las citas más concurridas de la costa mediterránea. El cartagenero La Mar de Músicas llegaba este año a su vigesimocuarta edición (vaya, las mismas que el FIB, cuyo inicio coincidía en fechas) con la misma fidelidad a sus principios, los que ha mantenido durante casi un cuarto de siglo: cartel ecléctico, muy internacional y con preferencia por sonidos de latitudes que nos son muy lejanas (este año era Dinamarca el país invitado), siempre acercando su oferta al público (los conciertos gratuitos de la Plaza del Ayuntamiento, las proyecciones cinematográficas y los talleres infantiles) y apostando por nombres fiables pero no demasiado trillados.

 

Quien esto firma no llegó a tiempo – por aquello tan viejo de la imposible multiplicación de los panes, los peces y los hombres – de ver conciertos como el del enorme Rubén Blades y la imponente Nathy Peluso, pero tanto sus actuaciones en los Jardines de Viveros de Valencia como en el recinto del FIB (respectivamente) nos aportaron pruebas como para dar crédito a quienes cuentan que fueron de lo mejor de un cartel que gozó de una nómina variopinta: Morcheeba, Texas, The Human League, Songhoy Blues, Fatoumata Diawara o Soleá Morente con Napoleón Solo (todos ubicados en la parte más noble de su cartelería, por decirlo de algún modo).

 

La forma en la que La Mar de Músicas se imbrica en la ciudad portuaria – y muy castrense – es uno de sus principales atractivos: si hasta el año pasado un antiguo cuartel de artillería acogía en su patio algunos de sus mejores conciertos, en esta ocasión fue un reformado cuartel de instrucción de marinería (que nació como cárcel a finales del siglo XVIII) el que abrigó actuaciones tan imponentes como la de Alba Molina, recreando de forma emocionada – y emocionante – el repertorio de Lole y Manuel con la aportación de excepción de su madre, Lole Montoya.

 

No deja de ser en cierto modo una bendita paradoja del destino que un recinto que se ideó para enmanillar con grilletes a legiones enteras de combatientes haya acabado acunando espectáculos en los que si algo se plasma es una innegociable libertad creativa. La misma que lucieron allí mismo dos de los nombres más proteicos de ese pequeño país que es Dinamarca, y del que tan poco conocemos más allá de un diminuto puñado de artistas como Efterklang, Mew o The Raveonettes, que con tanta frecuencia nos visitan.

 

El flamígero rock psicodélico de The Savage Rose, liderado por la veteranísima Annisette Koppel (69 años, lo más parecido a una Janis Joplin danesa) o la propuesta híbrida de la singular cantautora feroesa (de islas Feroe, vaya) Eivør fueron dos de sus estimulantes presencias. Otro punto cardinal que sumar a la confluencia de sonidos de La Mar de Músicas, tradicionalmente escorada a Latinoamérica y África. El extraordinario e hipnótico concierto de los malienses Bamba Wassoulou Groove en la plaza del ayuntamiento, por cierto, fue otro de los buenos momentos que pudimos disfrutar.

 

La misma buena acogida se les dispensó a Gregory Porter o a Salvador Sobral en el auditorio del Parque Torres, en lo alto de la colina que preside la ciudad. Con el primero ocurre algo parecido a lo que pasa tras ver un partido de la selección francesa de fútbol: despliega su vozarrón con la misma suficiencia, pero a la vez con similar carencia de fantasía. Complace, pero no enamora. Es un portento, pero no se aparta ni un milímetro de los convencionalismos de una fórmula soul jazz satinada a la que no le vendría mal un meneo, un chute de lo que sea, un arrebato de genio.

 

Más aún si además remata la faena con versiones sumamente reverentes de Nat King Cole. Salvador Sobral, por contra, seduce desde el arrullo, y no desde la potencia. El rango expresivo de su jazz vocal escanciado con la saudade del fado tampoco es la panacea, pero derrochó el encanto personal de quien se encuentra con la notoriedad prácticamente sin quererlo, por la vía menos – en su caso – deseada, la que le brindó su triunfo en Eurovisión 2017. Acompañado por trío básico de jazz (piano, contrabajo y percusión), el lisboeta se metió al público en el bolsillo por versatilidad y por esa ausencia de pretensiones con la que lo aborda todo, complacido de estar gozando de una bola extra tras su inesperado éxito y la viabilidad del trasplante de corazón al que fue sometido.

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