La legalización del cannabis desata las manos a los científicos

La semana pasada la autora y periodista especializada en cannabis Amanda Siebert publicaba en el New York Times un artículo acerca del impacto que ya comienza a tener la legalización del cannabis en Canadá en el mundo de la ciencia, en el que contaba cómo la legalización desata las manos de los científicos

De repente, prácticamente un único lugar en el mundo tiene todo el potencial para estudiar el cannabis y su relación con el ser humano en prácticamente cada faceta que se pueda concebir. La ley del cannabis recién implementada en Canadá “reemplaza un sistema restrictivo que trataba a los investigadores como si fueran traficantes de drogas” dice Siebert en su artículo.

De un sistema que exigía una verificación de antecedentes penales por parte de las autoridades, se ha pasado a uno en el que el mismo gobierno está financiando 14 nuevos estudios y reservando millones de dólares para becas de investigación entorno al cannabis.

Por primera vez en la historia se están haciendo y proyectando ensayos a gran escala implicando al cannabis, con los que se podrá responder con más precisión cuáles son las posibilidades de la sustancia para tratar los efectos secundarios de la quimioterapia o reducir las crisis epilépticas. Incluso se está implementando una cátedra universitaria orientada exclusivamente a la investigación del cannabis como potencial solución a la crisis de opioides.

Otras investigaciones pretenden dilucidar hasta qué punto el cannabis sustituye al alcohol, descodificar el atractivo sensorial que produce en los seres humanos o discernir hasta dónde llegan las diferencias entre variedades sativas e índicas.

Casi nada. Por si fuera poco, toda una industria con una plétora de productos diversos, desde bebidas a cosméticos, está floreciendo a la luz de la legalización, mientras que académicos y organizaciones sin ánimo de lucro aprovechan el impulso para desarrollar programas de educación y de “alfabeticación sobre el cannabis” entre los adolescentes, continúa Siebert.

Y la cosa no se queda de puertas para adentro: las compañías canadienses han comenzado a meter la patita en Europa o Latinoamérica en proyectos científicos, muchos de los cuales son posibles gracias a las importaciones de cogollos y aceites desde Canadá, por lo que el país norteamericano se ha convertido literalmente en la despensa de cannabis para investigación en gran parte del mundo, una posición que ostenta a pesar de tener que limitar su producción al indoor, dado su clima poco propicio para los cultivos de exterior.

 

 

Fracaso del experimento prohibicionista

Todo ello está poniendo en evidencia las argumentaciones de las distintas clasificaciones restrictivas del cannabis tanto en legislaciones nacionales como en los acuerdos internacionales. Y no solo eso, sino que está permitiendo que Canadá domine el sector prácticamente en cada ámbito.

Un productor de cannabis medicinal estadounidense reclamaba al presidente Trump mediante un anuncio en el Wall Street Journal, una regulación federal del cannabis dado que “Estados Unidos está perdiendo rápidamente su ventaja competitiva con Canadá”.

Siebert también cita a Jonathan Page, un biólogo de plantas de Vancouver que dirige el proyecto genoma del cannabis: “El regreso de la marihuana a la corriente dominante canadiense, que tanto le costó conseguir, sugiere que las plantas psicoactivas son importantes para la vida moderna y que continuarán dando forma a la cultura humana. La prohibición fue sólo un punto en la línea temporal de la civilización y una época oscura para la ciencia.”

Esto es relevante si tenemos en cuenta que la prohibición coincidió con una etapa muy sensible y determinante en el desarrollo de la ciencia. Literalmente la prohibición nos ha retrasado en la comprensión del cannabis y nos ha privado de décadas de poder estar beneficiándonos de sus aplicaciones y reduciendo el padecimiento de millones de personas durante un par de generaciones.

Aquellas naciones que están rompiendo con esta inercia prohibicionista son las que ya están comenzando a beneficiarse del regreso del cannabis. El resto parece no haberse dado cuenta de que el experimento del prohibicionismo fracasó estrepitosamente.

 

La legalización del cannabis y el fin del mundo

A las naciones que insisten en su postura retrógrada y anacrónica, que miran para otro lado cuando se les pone sobre la mesa la realidad no ya de la inutulidad, sino de los estragos que produce el prohibicionismo, se les están acabando las excusas. La resistencia que ejercen es inútil y lo único que está consiguiendo es empeorar una situación ya de por sí mala.

 

La liberación, como vemos, desata las manos de la ciencia, y no terribles demonios. Ninguno de los lugares donde el cannabis está regulado está reportando el fin del mundo. El único mundo que se acaba es el de la sinrazón. La semana pasada os comentábamos que Rick Garza, director del Consejo del Alcohol y el Cannabis del estado de Washington, tras varios años de legalización, afirmaba con tranquilidad que “el cielo no se ha caído”.

 

Algo similar reporta, tras poco más de un mes de legalización en Canadá, John MacLeod, oficial de información pública de la Policía Regional de Halifax. “Nuestras llamadas a servicio, o llamadas de quejas acerca de fumar en público o ese tipo de cosas, han sido bastante consistentes con lo que había antes de la legalización”, contaba MacLeod a The Western Star. “No hay nada que realmente se desmarque estadísticamente. Nuestros números han sido bastante consistentes. No ha habido ninguna gran inversión de nuestros recursos desde entonces (desde la legalización)”.

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